Eleanor y Park y el amor en los ochenta

Terminé hace unos días Eleanor & Park, la muy disfrutable y encantadora historia de un romance adolescente ochentero por Rainbow Rowell. A mis 41 años, el libro resonó referencias e imágenes de una época que en su momento fue “moderna” y que hoy parece sacada de un libro de arqueología. Eleanor, eternamente perseguida por sus complejos (es grande, gorda e introvertida) y por un violento padrastro, se enamora de un crío coreano con el que estar a solas es un acto heroico. Bueno: muchas veces entablar algún tipo de comunicación con otro ser humano ya es un acto heroico, pero por las características de Eleanor es doblemente complicado. Estos dos chicos son vecinos, pero carecen de tecnologías complejas para hacer contacto. Hay una adorable escena de una llamada telefónica y nada más. Lo cual me hizo pensar, en estos tiempos en los que la chica que te gusta está a un reply de Twitter, el tamaño del milagro que suponía en 1988 acercarte a alguien con intenciones amorosas. Un cruce de miradas, un recadito (en papel), un “hola” en persona… conseguir el teléfono de una chica era una maldita épica homérica. Regalarle un mixtape dedicado y dibujado por ti ya te ponía en otro nivel. Creo que la diferencia radica en que en los ochenta había menos lugar para el bluff: no podías fingir con tu profile pic de Facebook, ni hacerte el interesante/misterioso con tuits crípticos. La vida en 1988 no tenía filtros de Instagram, eras el que eras, en la escuela, en el centro comercial, en la calle. Solo otro adolescente que nunca había tenido sexo.

Pero no me malinterpreten: no creo que antes haya sido “mejor”. Para nada. No soy partidario de las añoranzas ni las nostalgias, así es que quiero creer que en este año 2014 los adolescentes pasan las mismas penurias para acercarse a alguien. Ahora hay más medios, sí, ahora puedes drunktextear tonterías, puedes stalkear durante horas, conocer y comparar gustos y contactos en común, pero el momento de la verdad es el mismo. Cuando terminan los cortejos en las redes sociales, si dos personas no comparten ese mojo vital, no hay mucho que hacer. Yo conocí a una chica increíble en Twitter en noviembre de 2011, y a la fecha nos compartimos la vida por internet. Pero lo mejor de todo es que llevamos esa vida offline, al mundo analógico. Una hora conversando en persona es miles de veces mejor que todos los Whatsapps del mundo.

Dicho esto, cuando iba a la mitad de Eleanor & Park me preguntaba cómo podría conectar un libro sobre el amor en la década de los ochenta con gente joven del año 2014. Y creo haber dado ya la respuesta: porque la gente se sigue enamorando, sigue sintiendo estúpidas mariposas en el estómago, sigue atesorando esos momentos aunque ya no sea sentados en un autobús con un Walkman en medio, sino en un playlist compartido de Spotify.

Saltillenses y Pixie en los suburbios

Cuando escribí Pixie en los suburbios en el año 2000 originalmente lo titulé “Saltillenses”. Una de las ideas originales del libro era hacer varios retratos de gente neurótica en un Saltillo, Coah., distópico y atemporal. A la larga, el relato de un personaje llamado Cuki Pirulazao y su extraño pasaje del mundo de la universidad al mundo laboral, en medio de un bizarro triángulo amoroso con dos hermanas (Midyet y Pixie), acaparó el resto del libro y lo transformó. Cuando sometí la novela a dictamen en el año 2001 para su publicación en Editorial Planeta, el título ya no era “Saltillenses”, sino “Coahuila, Texas”. Andrés, mi editor, hizo la observación de que con ese nombre parecería una novela de frontera, del narco. Así es que decidimos modificarlo. Al poco tiempo, por recomendación de alguien más, surgió el título “Pixie en los suburbios”, el cual es engañoso porque la novela trata sobre la relación entre Cuki y las dos hermanas, no solo con Pixie. Quizá por eso nunca me ha gustado en realidad.

Algo sobre Ramones

Hoy amanecimos con la noticia de que había muerto Tommy Ramone, el último de los Ramones. Joey Ramone murió en 2001, Dee Dee Ramone en 2002 y Johnny Ramone en 2004. Los Ramones son de esas bandas que se mantuvieron por debajo del radar de lo mainstream, pero que a la vez influenciaron a la música pop desde ahí. Para amar su música, no es necesario estar al tanto de la escena punk setentera, de cómo los críticos de esos años se quejaban de que “el rock había muerto” y los sonidos minimalistas de Ramones habían llegado al rescate. Aún sin contar con esa información, algunas de las canciones de Ramones siguen siendo geniales. Mi favorita es The KKK Took My Baby Away, que aquí les dejo en un cover muy melancólico:

Y acá, la original: