Un aviso especial sobre “Hackers de arcoíris”

Estimados lectores,

es un gran gusto para mí informarles que he cedido los derechos de publicación de mi obra Hackers de arcoíris a Editorial Planeta Mexicana, a fin de que aparezca una nueva edición en librerías de todo el país a partir de febrero de 2015.

Este acuerdo aplica solamente para el primer volumen de la trilogía. Se trata de una nueva versión “remixada” a partir del original publicado en 2011. Me encuentro en el proceso de edición junto con editores de Grupo Planeta, pero lo que puedo adelantar es que, aunque es considerablemente fiel al libro original, los contextos de algunos personajes cambiarán, se profundizará más en el background de los mismos y se agregarán unas 100 páginas.

Es mi intención continuar publicando Hackers de arcoíris hasta su culminación con el volumen 3 bajo los sellos de Editorial Planeta, pero eso es algo que no puedo garantizar de momento. De todos modos, aunque esto sucediera, les informo que la tercera parte, Código: Shiva, se publicará en el formato de “libro blanco” que he venido editando como autor independiente. De esta forma se permitirá mantener la continuidad de la serie en su forma original. Sin embargo, debo aclarar que la carga de trabajo actual y los planes con Editorial Planeta inevitablemente han movido para mí la fecha de publicación de Código: Shiva, la cual será en algún momento de 2016 y no 2015 como yo tenía planeado originalmente.

Les ofrezco una disculpa por este retraso.

Este acuerdo con Grupo Planeta permitirá que Hackers de arcoíris alcance a más lectores gracias a su fuerza de distribución y su calidad de impresión. También confío en que el nuevo libro será una cosa muy increíble, muy bien editada y visualmente bella :)

Finalmente, me tienen contento y emocionado los cambios que estamos realizando en el libro. Sin modificar la historia de un grupo de sicarios metahumanos que se enfrentan a una fuerza destructora e imparable, estoy convencido de que este Hackers de arcoíris es un mejor libro, más pulido, más redondo.

Hackers de arcoíris es una serie de novelas que nació de forma independiente y ahora dará el salto a una audiencia más amplia con el grupo editorial más grande de hispanoamérica. Esto solo se lo puedo agradecer a ustedes, los lectores, por sumergirse en la historia y haber apoyado el proyecto desde el principio.

¡Más noticias pronto por los canales habituales!

Ruy

Por qué amo el futbol (americano)

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Amo el futbol (el futbol, pues aquellos que jugamos el deporte no lo llamamos futbol americano o “americano”, aunque para entendernos con otros muggles debemos hacerlo de vez en vez) porque puede jugarse en cualquier tipo de clima: en la nieve, bajo la lluvia, en un lodazal, con el sol de las doce del día cayendo a plomo, con neblina, de noche, de día, a pesar de lo que digan los políticos y los terroristas, a pesar de la Bolsa y la película Black Sunday, a pesar de que la televisión privilegie el América vs Guadalajara, a pesar de los desastres naturales: a pesar de las tormentas, los huracanes, los terremotos. 

Katrina habrá inundado el Superdome de Louisiana pero los Santos no dejaron de jugar un solo partido en 2005. Los ataques del 9/11 recorrieron una semana el calendario, pero todos los equipos llevaron a cabo sus 16 partidos. Así es el futbol.

Yo de niño jugué partidos bajo lluvia torrencial; los golpes dolían más y mover los tacos con esos pies empapados y helados costaba literalmente un huevo. Pero nadie se preguntaba si el partido debía acabar, o si lo “lógico” o lo “civilizado” sería pedir una prórroga y volver cuando el clima mejorara y quizá todos nos sintiéramos de mejor ánimo.

No. Yo era un chamaco y tenía muy claro que aquello que estábamos haciendo era jugar futbol y que el partido “se acaba hasta que se acaba”, “hasta que la gorda cante”, hasta que uno de los equipos adelantara al otro por 36 puntos (regla de la liga infantil) o hasta que los cuatro cuartos terminaran de sangrar el reloj.

Amo el futbol por su simpleza castrense: por lo general gana el equipo que tiene mayor tiempo de posesión del ovoide. Poseer el ovoide es sinónimo de posesión del territorio. Por eso, suele suceder que gana aquel que domina el terreno, como en una guerra. Y digo suele suceder porque hay excepciones. A veces no triunfa “el equipo que comete menos errores”, y no es cierto que las defensivas siempre ganan los campeonatos. El pigskin, el balón (que no “la pelota”), es la posesión más preciada adentro del campo (que no “la cancha”), pero también hay que saber llevarla a las diagonales.

Dicho en otros términos: no solo hay que gustarle a la morra, hay que ligársela y cogérsela bien, amigos. En las relaciones como en el futbol, hay que querer y cuidar al objeto de nuestro afecto —nadie desea un fumble en su propia yarda 5.

Amo el futbol por el touchdown. Yo solo anoté un touchdown en mi breve carrera de 10 años en la liga infantil y juvenil: fue un balón suelto recuperado y depositado a tropezones en la zona de anotación enemiga. Se trató de algo antiestético y anticlimático, pero también fue una cosa inolvidable. Recuerdo que esa temporada usé el número 34. Fui fullback segundo equipo, pero linebacker primer equipo. Nunca olvidaré la sensación de levantarme en el terregal con el balón en las manos y ver al árbitro concediéndome los 6 puntos… me sentí en el jodido Rose Bowl, aclamado por las multitudes.

Amo el futbol por la vergüenza del safety: el safety vale poco (2 puntos), pero su costo se mide en moral. Como linebacker sí apliqué algunos de esos, y también varias capturas de quarterback. Oh sí, amo el futbol por el sack: madrear al quarterback atrás de la línea de golpeo es uno de esos pocos momentos glamorosos de los defensivos, de esos tipejos feos y peleoneros (mientras Tom Brady anuncia Movado, Troy Polamalu anuncia Head & Shoulders) que salen poco en los encabezados deportivos pero que, mierda, cómo se divierten. Los quarterbacks podrán ser el alma de un partido, y de su escuadrón, pero hay que aclarar algo: un quarterback sin un equipo detrás es un pelele talentoso con una diana dibujada en el pecho.

Y un quarterback que solo está ahí para sonreír en la foto es… un pelele talentoso con una diana dibujada en el pecho.

Amo el futbol por Lawrence Taylor, Walter Payton, Jack Lambert, Randy White, Matt Millen, John Riggins, Mike Singletary, Ray Lewis. Amo el futbol por ¡la bomba!, el Hail Mary y la Inmaculada Recepción. Amo el futbol por Daryl Johnston y cómo hacía retumbar el estadio de los Cowboys cuando atrapaba un pase (“MOOOOOOOOO”). Amo el futbol por aquella escapada mágica de Marcus Allen en el Super Bowl XVIII, por Dwight Clark atrapando ese pase imposible encima de Everson Walls en 1981, por Alvin Harper atrapando ese pase encima de Eric Davis en 1992, por Eli Manning y David Tyree arruinando la temporada perfecta de los Patriots, por aquella vez que los Gigantes derrotaron a los Bills, por ver a John Elway levantando el Lombardi, por ver a Brett Favre levantando el Lombardi. Amo el futbol porque el Super Bowl es un partido entre campeones, no una “final”.

El gran George Carlin alguna vez comparó el beisbol con el futbol. Esto es algo de lo que dijo:

Baseball is a nineteenth-century pastoral game. 

Football is a twentieth-century technological struggle. 

Baseball is played on a diamond, in a park. The baseball park!

Football is played on a gridiron, in a stadium, sometimes called Soldier Field or War Memorial Stadium.

Baseball begins in the spring, the season of new life.

Football begins in the fall, when everything’s dying.

Baseball is concerned with ups - who’s up?

Football is concerned with downs - what down is it?

Baseball has the sacrifice.

Football has hitting, clipping, spearing, piling on, personal fouls, late hitting and unnecessary roughness.

Y lo último resume la mística del futbol. Héroes y villanos. Dioses y payasos. El tercer down, carajo. ¿Cuántos de nosotros no nos hemos sentido en medio de un tercer down crucial en nuestras vidas laborales, o en la escuela, o en una relación amorosa? O en una “cuarta y una”. Sabes que si avanzas esa yarda vas a meter el touchdown. Y si no la avanzas, vas a regresar a casa sin NADA. Esa es la mística por la cual Jack Youngblood de los Rams jugó con una pierna rota. Por qué Rocky Bleier de los Steelers regresó de Vietnam sin poder caminar y acabó ganando cuatro Super Bowls. Por qué Joe Namath un día le ganó el campeonato a un equipo casi invencible de 13-1 —y en cadena nacional. Todas esas historias son reales y se han pasteurizado en tarjetas de Hallmark y en los gritos ridículos de los comentaristas de la televisión. Pero son reales. Uno metaboliza como quiere esas historias. Yo, por ejemplo, las asocio a recuerdos personales: el costal donde guardaba mi utilería, el olor de mis guantes Mizuno sudados, de las muñequeras Saranac, de las tardes obsesivas de Tecmo Super Bowl en una casa de Colonial Satélite o la emoción de mi primer PlayStation y el dineral que me costó este juego en la fayuca. Sigue presente el coraje que hicimos mi padre y yo cuando Leon Lett hizo su gran tontería en el juego de Acción de Gracias de 1993. Tampoco puedo borrar de mi cabeza la ridícula cancioncita de un equipo que ya no existe, los Houston Oilers.

Recuerdo un calendario de los Raiders que tenía pegado en mi habitación hace muchos años –la razón: mi padre voló una vez con el gran comentarista deportivo, Pepe Espinosa, de Los Ángeles a México, y éste le regaló algunos goodies de los Raiders. Recuerdo con cariño las fiestas descomunales que hacíamos en casa de mi madre para ver el Super Bowl con un par de docenas de borrachos. Ahora, lo más cercano a eso son los rants en Twitter, navegando entre comentarios villamelones y expertos.

Recuerdo un día de julio de 1984, la primera vez que estuve en el Texas Stadium: me tomé una foto en el casillero de Bill Loco Bates. En ese mismo viaje perdí la foto. Y 20 dólares.

Amo el futbol. Así es que para mí esta época del año, el otoño, “cuando todo se está muriendo”, en realidad trae nueva vida. Es para mí una renovación, la verdadera primavera. Y tiene un nombre.

Kickoff Sunday, le llaman.

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Publicado originalmente en mi blog de WordPress en 2011.

Eleanor y Park y el amor en los ochenta

Terminé hace unos días Eleanor & Park, la muy disfrutable y encantadora historia de un romance adolescente ochentero por Rainbow Rowell. A mis 41 años, el libro resonó referencias e imágenes de una época que en su momento fue “moderna” y que hoy parece sacada de un libro de arqueología. Eleanor, eternamente perseguida por sus complejos (es grande, gorda e introvertida) y por un violento padrastro, se enamora de un crío coreano con el que estar a solas es un acto heroico. Bueno: muchas veces entablar algún tipo de comunicación con otro ser humano ya es un acto heroico, pero por las características de Eleanor es doblemente complicado. Estos dos chicos son vecinos, pero carecen de tecnologías complejas para hacer contacto. Hay una adorable escena de una llamada telefónica y nada más. Lo cual me hizo pensar, en estos tiempos en los que la chica que te gusta está a un reply de Twitter, el tamaño del milagro que suponía en 1988 acercarte a alguien con intenciones amorosas. Un cruce de miradas, un recadito (en papel), un “hola” en persona… conseguir el teléfono de una chica era una maldita épica homérica. Regalarle un mixtape dedicado y dibujado por ti ya te ponía en otro nivel. Creo que la diferencia radica en que en los ochenta había menos lugar para el bluff: no podías fingir con tu profile pic de Facebook, ni hacerte el interesante/misterioso con tuits crípticos. La vida en 1988 no tenía filtros de Instagram, eras el que eras, en la escuela, en el centro comercial, en la calle. Solo otro adolescente que nunca había tenido sexo.

Pero no me malinterpreten: no creo que antes haya sido “mejor”. Para nada. No soy partidario de las añoranzas ni las nostalgias, así es que quiero creer que en este año 2014 los adolescentes pasan las mismas penurias para acercarse a alguien. Ahora hay más medios, sí, ahora puedes drunktextear tonterías, puedes stalkear durante horas, conocer y comparar gustos y contactos en común, pero el momento de la verdad es el mismo. Cuando terminan los cortejos en las redes sociales, si dos personas no comparten ese mojo vital, no hay mucho que hacer. Yo conocí a una chica increíble en Twitter en noviembre de 2011, y a la fecha nos compartimos la vida por internet. Pero lo mejor de todo es que llevamos esa vida offline, al mundo analógico. Una hora conversando en persona es miles de veces mejor que todos los Whatsapps del mundo.

Dicho esto, cuando iba a la mitad de Eleanor & Park me preguntaba cómo podría conectar un libro sobre el amor en la década de los ochenta con gente joven del año 2014. Y creo haber dado ya la respuesta: porque la gente se sigue enamorando, sigue sintiendo estúpidas mariposas en el estómago, sigue atesorando esos momentos aunque ya no sea sentados en un autobús con un Walkman en medio, sino en un playlist compartido de Spotify.